Todas las entradas de: Alicia Rodríguez

NANRI

Los últimos días en Nagapattinam han sido especialmente intensos, de esos que no se olvidan. El domingo por la mañana vimos nuestra obra acabada (¡por fin!), y empezamos a entender un poco mejor que todo estaba a punto de terminar. Sin embargo, en ese momento lo único que podíamos sentir es orgullo al ver el cole luciendo espléndido y con un nuevo y colorido comedor donde los más pequeños podrían disfrutar de sus tiempos libres. Por la tarde, el hermano Reegan nos dio indicaciones claras de descansar para estar listos para los días que vendrían, donde seríamos protagonistas de momentos emotivos que se grabarían en nuestra memoria y corazón para siempre. Pese a ello, después de comer hicimos una pequeña salida al supermercado más cercano para comprar productos que llevar a nuestras casas e incluso regalar a nuestros seres más queridos, y poder así recordar cómo sabe a hogar la India.

El lunes tuvimos la suerte de pasar toda la jornada de clase en clase, recordando una vez más las canciones que han sido banda sonora de nuestra experiencia y jugando con los niños. Lo que hiciéramos era un excusa ya que el mayor regalo era poder pasar tiempo con ellos, abrazarles y ver esas sonrisas tan puras y la emoción en sus ojos negros una vez más. Antes de la cena, dejamos las maletas a un lado (ya desempolvadas al sacarlas de debajo de la cama) y fuimos a celebrar el cumpleaños de Arun, uno de los estudiantes del cole. Y ahí estábamos nosotros, en su casa junto con toda su familia, como invitados de honor, comiendo pastel y otros postres típicos de la región y compartiendo un momento tan mágico sin apenas entendernos. La hospitalidad de la India nunca ha dejado de sorprendernos, y creo que nunca dejará de hacerlo. Por la noche, vivimos un momento de compartir con los hermanos de la comunidad, que nosotros ya sentimos casa. Fue un momento de agradecimiento y de poner palabras a lo que ha supuesto esta experiencia para cada uno de nosotros. Un momento que dejaba entrever las primeras lágrimas de despedida.

Y, de repente, martes. Último día. Ese día en el que todos habíamos pensado pero que parecía que nunca iba a llegar, sobre todo porque ninguno veíamos el momento de decir adiós a todo lo que estábamos viviendo. Después del desayuno, ya se sentía el ambiente de fiesta. Mientras nosotros nos poníamos nuestras mejores galas (saris y dotis incluidos) con ayuda de las profesoras, los más pequeños llegaban al cole vestidos en conmemoración del Green day así como de la Independencia de India que se celebraría al día siguiente. Las familias también estaban invitadas al acontecimiento, que fueron llegando poco a poco para ultimar detalles del vestuario de sus hijos. Todos ellos lucieron con orgullo sus disfraces, aunque también con nervios y timidez, esperando poder ser los ganadores del desfile.

Ese día cada minuto pasaba más rápido aún que el anterior. Y llegó el momento. El momento de cantar el último chuchuá, de jugar los últimos juegos, de abrazarles o de reír con ellos por última vez. De hecho, no costó que la risa se volviera llanto en muchos de nosotros, quienes no queríamos separarnos de ellos y aprovechamos el viaje en bus para alargar el último adiós. Dicen que la maleta pesa mucho más a la vuelta porque lleva dentro despedidas, y para nosotros ha sido una de las más duras de nuestras vidas. Tras disfrutar de una última y exquisita cena al más puro estilo de la India y con el mejor sabor de boca, literalmente y metafóricamente, cargamos las maletas en la furgoneta y tomamos rumbo a Madurai. Dejábamos atrás la que ha había sido nuestra casa durante este mes.

Tras toda la noche de viaje por carretera despertamos justo a tiempo para el desayuno. Habíamos llegado a Madurai y nos encontrábamos en “Boys town”, un proyecto muy bonito que se encarga de acoger a una treintena de chavales en un recinto que no podía ser más idílico. Allí, además de disfrutar de un espectacular desayuno, pudimos conocer a un grupo de “Gente Pequeña” de Valencia. Después de esta visita exprés y un breve descanso, fuimos a la ciudad a comprar los últimos recuerdos y comer, antes de emprender rumbo al aeropuerto.

La despedida con el hermano Reagan fue fugaz, mas dura también. Tras la insuperable acogida y el acompañamiento que nos había proporcionado a lo largo de estos días nos costó mucho despedirnos, pero contábamos con la esperanza de poder seguir en contacto con él así, como de seguir teniendo noticias del resto de personas que hemos conocido en nuestro viaje y a las cuales, os podemos afirmar rotundamente, queremos con todo nuestro corazón.

Ahora, sentados en el avión de vuelta, no podemos dejar de pensar en ellos, en todo lo que han supuesto para nosotros y en lo muy agradecidos que les estaremos de por vida. Todo lo que les hemos podido dar es mínimo en comparación con lo que hemos recibido de ellos, pero sabemos que, por otra parte, esto solo es el principio y que nuestra labor sigue en España. Porque, como dicen en la película de “Passengers”, la cual alguno hemos visto en los viajes en avión, “que no te obsesione tanto dónde quieres estar, como para que olvides valorar donde estás”. Y donde vamos a estar en un par de horas podemos seguir haciendo también mucho. No será igual, desde luego, pero es que nada sigue igual. Nosotros tampoco. Y no sabremos explicar realmente el porqué, aunque no hace falta. Eso se queda entre nosotros, ellos y la India.

Como no podía ser menos, estas últimas palabras también cuesta escribirlas. El último punto de este texto en parte nos recuerda que nuestro viaje se ha acabado, pero no se merece un final triste ni mucho menos. Tenemos mil historias aún que contar, y aunque no las escribiremos, siempre nos quedará vernos y, con un café delante, compartirlas con vosotros, si queréis. Hasta entonces, y desde el corazón: NANRI.

A golpe de brocha

Nada más comenzar nuestra nueva semana nos dimos cuenta de que la improvisación y la incertidumbre de estos días atrás, y de la que ya os hemos hablado, han quedado en un segundo plano. ¡Por fin empezamos a pintar¡ Las brochas y la pintura, azul y amarillo en representación de La Salle, han sustituido muchos de los talleres y juegos que compartíamos con los niños; aunque aún disfrutamos de momentos, abrazos, risas y cosquillas colándonos en el cole entre brochazo y brochazo. De alguna forma, nos ayudan a recargar pilas para superar esta rutina de trabajo. También ver los resultados de todos los días pasados aquí, codo con codo con los obreros, nos anima a seguir implicados al máximo con nuestro proyecto.

De nuevo, otro cumpleaños a celebrar. Esta vez la mayoría de edad de Alex, uno de los miembros del grupo. Desde primera hora de la mañana teníamos claro que queríamos que se sintiera como en casa así que, aprovechando que le tocaba la ruta del bus escolar, decoramos su habitación para darle una sorpresa. Pancarta, globos, algo de música… ¡y listo¡ Siguiendo los deseos del cumpleañero, los hermanos volvieron a deleitarnos con una gran cena de comida india, a lo que sumamos una rica tarta de chocolate que, con un poco de imaginación, seguimos saboreando. Como broche final, un doti (faldita india muy masculina) de regalo.

Este finde no hemos podido darnos el lujo de descansar mucho. El hecho de que la obra tiene que estar terminada para nuestra vuelta es lo principal, y si por algún casual se nos olvida, ya está el hermano Reagan para recordárnoslo. No obstante, tuvimos la tarde del sábado de relax. Con Dani, otro voluntario español que está teniendo su propia experiencia con los jesuitas, visitamos la basílica de la Estrella del Alba. Además, como ya es casi costumbre los fines de semana, fuimos a la playa. Después de nuestra última experiencia, que también conocéis ya, la mayoría decimos prescindir del baño, lo que fue sustituido por una partida de cartas con mucha expectación, muchos selfies y un buen paseo. De vuelta a casa, pudimos saborear un rico coco.

La siguiente semana continúo sin muchos cambios. Sin embargo y contra pronóstico, el sábado pudimos disfrutar de una mañana sin pintura de por medio. Cómo es tradición aquí, algunos sábados los niños vienen al cole para participar en actividades lúdicas. En este caso, baile. La alegría y el ímpetu con el que todos se movían, profes incluidos, nos motivó tanto que hasta nos atrevimos a intentarlo. Pese a nuestras buenas intenciones, todavía nos queda mucho por mejorar.

Tristemente, la cuenta atrás ya ha comenzado y son pocos los días que nos quedan por disfrutar aquí. Aún así os mantendremos informados de cada detalle.

Vita flumen!

Segunda semana en Nagapattinam. 7:55am, el despertador suena. En cinco minutos es la hora de desayunar, de coger fuerzas para el nuevo día aquí. Es lunes, por lo que tenemos toda la semana por delante. La incertidumbre de no saber cual es nuestra tarea hasta el último momento es continua, y se apodera de nosotros mientras disfrutamos las típicas tortas de arroz que desayunamos todos los días, acompañadas de café ( o té) . Aún no sabemos el papel tan grande que jugará esta improvisación en nuestro día a día.

Después, llega la hora de ir al cole. Nuestro trabajo con los más pequeños va dando resultados: escribimos con ellos los números, las letras… e incluso con algunos los colores.
Y la verdad es que nos sorprende que a pesar de la gran diferencia que existe entre unos y otros en su ritmo de aprendendizaje, todos se saben nuestros nombres. A día de hoy es innegable el cariño que nos hemos cogido entre todos. Por otro lado, con los mayores seguimos con los talleres: máscaras de animales, pulseras, muñequitos con pinzas de la ropa… Además de dar alguna que otra clase de ciencias en las que aprendimos nosotros incluso más que ellos. Hasta hemos podido presenciar los ensayos del desfile que realizarán con motivo del día de la Independencia el 15 de agosto.

Las horas pasan rápido, como todo aquí, y llega el momento de trabajar. Nuestra situación actual es que nos encontramos en una semana de transición, pues los obreros no necesitan muchas veces de nuestra ayuda, por lo que con ellos hemos estado haciendo pequeñas tareas sin importancia. Tendremos que esperar a participar de forma más activa para cuando comencemos a pintar el colegio y el comedor recién construido.

Las noches y los días vuelan. El miércoles es un día un poco distinto, pues celebramos nuestro primer cumpleaños desde que llegamos a la India: el del hermano Reegan. Unas cervezas, una cena especial y una tarta típica de aquí, nos sorprenden a la noche y nos hacen disfrutar de una velada distinta a la que estamos acostumbrados.

De repente, parpadeo y llega el fin de semana. Tras una larga travesía, nos encontramos con otro grupo de voluntarios españoles del sector noroeste, con los que disfrutamos de un gran día visitando dos memoriales y la playa. De esta podemos decir que fue toda una experiencia bañarse. Pudimos vivir en nuestra piel cómo es meterse al agua con ropa, al igual que el resto de mujeres de este país, lo que supuso una aventura no solo a la hora del baño, sino también a la hora de cambiarse después. Sin duda un choque cultural que nos ha marcado mucho a todas las del grupo. Por otro lado, el domingo fue jornada de descanso, muy necesaria tras la semana.

Cómo ya hemos dicho, el tiempo pasa rápido, y la rutina en Nagapattinam, que ya se ha convertido en nuestra casa, nos hace perder la noción del tiempo. En un abrir y cerrar de ojos estaremos de vuelta en España, con muchas cosas que contar, más de las que os contamos aquí y que podamos expresar con palabras. Mientras tanto, de momento tendréis que esperar unos días para saber más de nuestra experiencia aquí. Hasta entonces, kutpai!

Empieza la andadura

El ruido del frenazo nos despertó a todos: Habíamos llegado a Nagapattinam, lo que sería nuestro nuevo hogar por las próximas semanas. Tras el largo viaje en autobús desde Madurai se había hecho de día pero, a pesar de nuestra curiosidad por conocer todo, el cansancio nos vencía y había que descansar un poco primero. Cuando despertamos, lo primero fue conocer la comunidad de hermanos que nos acogía y la casa donde íbamos a vivir, además del trabajo que debíamos hacer durante nuestra estancia aquí, el cual todos pensamos en ese momento que no era poco, por lo que habría que trabajar duro. Horas después, llegó el gran momento: fuimos a conocer a los niños con los que compartiremos nuestro tiempo en el colegio.

El recuerdo que tenemos todos de ese momento es de pura emoción. Y qué sonrisa más tonta se nos pone al recordar entrar a la sala donde todos los niños del colegio, junto con los profesores, se encontraban esperándonos, listos para recibirnos. Este primer encuentro fue acompañado de un polo personalizado del uniforme del cole y un pañuelo que nos regalaron a cada uno, como símbolo de bienvenida, y el cual agradecimos de todo corazón. Y era solo el comienzo, pues en realidad, desde ese momento todo lo que tenemos hacia ellos es agradecimiento: Desde las primeras flores, o pulseras, que nos regalaron las profesoras a las chicas, hasta cada beso, abrazo, mirada de gratitud o lección que nos dan los niños.

Han sido muy bonitos estos primeros días con los pequeños. Pasando por todas los cursos, hemos tenido la oportunidad de compartir con ellos clases de inglés, juegos, canciones… que van desde el ahorcado, el “chuchua” español, talleres de papiroflexia u otras manualidades… Sin embargo, como hemos dicho antes, lejos de lo que podamos enseñarles nosotros a ellos, están todas las lecciones que nos han podido enseñar ellos a nosotros.

Dos bofetadas “bien dadas” nos ha dado la realidad al ver, por ejemplo, que no todos tienen zapatos, o que borran todo lo que escriben en las hojas para poder volver a escribir más porque no tienen más papel, o su ilusión cuando ven unas pinturas de colores. Porque, aunque en el colegio todos van uniformados y con sus mochilas, como en cualquier otro cole, la realidad de donde vienen es muy distinta.

Esta realidad la hemos podido descubrir gracias al autobús escolar. Todos los días dos de nosotros acompañan a los niños al colegio por la mañana y, otros dos, de vuelta a casa por la tarde en el bus. Esto nos permite, entre otras cosas, ver las casas donde cada uno de ellos vive, que van de casas llamadas aquí de nivel “medio”, hasta las llamadas de nivel “bajo”. Vemos además la villa de Nagapattinam, sus calles llenas de basura porque no hay dónde tirarla, su gente, sus ocupaciones, etc. Un cúmulo de sensaciones nos recorren por dentro al ver las muchas situaciones que vemos a través de la ventanilla: impotencia, sorpresa, desconcierto, curiosidad… Es un gusto amargo lo que se siente al descubrir las callejuelas de la India.

Por otra parte, en la obra, tal y como pensábamos, el trabajo está siendo mucho, pues ha de acabarse antes de que nos vayamos. Mover y transportar carretillas llenas de cemento, barriles de agua o cubos de ladrillos son parte de las muchas tareas que hemos de hacer. El sudor no tarda en aparecer, al igual que la frustración, también en muchas ocasiones al pensar si nuestra labor es realmente útil o meramente estorbamos a los obreros que trabajan con nosotros. Sólo el tiempo lo dirá.

Ya para terminar, hay que decir que los fines de semana no trabajamos ni estamos con los niños, pues los tenemos de descanso. Este primer finde lo aprovechamos para ir de excursión el sábado y tras unas cuantas horas en coche llegamos a un manglar sumergido en aguas salubres. Después de navegar por aquella desembocadura y disfrutar de esa impresionante maravilla de la naturaleza, fuimos a ver un majestuoso templo hindú y, tras una pausa para comer, terminamos el día yendo a la playa, lugar donde acabamos cenando.

Al día siguiente, el domingo, fuimos a nuestra primera misa en tamil, lo que fue toda una experiencia gracias a la música y a su larga duración. El resto del día lo empleamos para descansar, ir de compras y disfrutar preparando una cena típica española, donde, entre todos, cocinamos tortillas y gazpacho. Esto nos dio fuerzas para la semana que estaba por venir y que ya os contaremos en la siguiente crónica.

Un saludo, y hasta pronto.

Aterrizando en la India!

7.30 am. Terminal 1 del aeropuerto de Barajas. Últimos abrazos, y alguna que otra lagrimilla de despedida. Cargados de ilusión emprendemos una experiencia que seguro marcará nuestras vidas, aunque aún no nos hacemos a la idea de todo lo que nos espera.

Tras 24 horas de vuelos, pasando por Abu Dhabi y Mumbai, llegamos al fin a nuestro primer destino: Calcuta. Allí nos esperaba Pushpa, una de las hermanas de la congregación que nos acogería esos días. Con los collares de flores de bienvenida y montados en taxi, tuvimos nuestro primer contacto con el caos tan particular y difícil de describir de esta ciudad: colores, olores, pitidos, sonrisas, miradas… Al final de estos días encontramos algo de sentido en medio de este caótico desorden.

Pushpa nos mostró la gran obra de la madre Teresa de Calcuta. Visitamos varios de los centros que esta influyente mujer inició: orfanatos y residencias de enfermos y ancianos. En definitiva, centros de cuidado de los marginados y más desfavorecidos de la sociedad india. Nos sentimos muy impactados e incluso impotentes ante esta situación. Sin embargo, también nos llevamos un buen sabor de boca al ver la labor del inmenso número de jóvenes voluntarios de todas partes del mundo, a los que desde este momento admiramos profundamente. Ellos son luz dentro de esta oscura realidad.

La hermana también nos concedió la oportunidad de visitar algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad: el memorial de la Reina Victoria, la catedral de St. Paul, varios templos jainistas… En todos ellos, nos sorprendió ver cómo nuestro color de piel les llamaba tanto la atención, hasta el punto de pedirnos algún que otro selfie.

Cuando nos estábamos empezando a acostumbrar a todo esto, nos tocó dejar atrás Calcuta para empezar nuestro verdadero cometido en la India aunque pasando primero por Madurai. Allí nos dió la bienvenida el hermano Reagan, quien, al ritmo de Shakira, nos condujo hasta Nagapattinam. Aquí se desarrollará nuestro proyecto en las próximas semanas.